Este sincretismo
religioso comienza a gestarse desde el mismo momento de la conquista, cuando unos hombres que traían a su Dios en sus
convicciones y en cuatro carabelas, se encontraron con otros dioses distintos,
profanos y con una religiosidad aborigen que no tenía nada que ver con los
ritos, iconos, símbolos y creencias de una cristiandad que tanto había
costado consolidar, y que ahora, frente a estos infieles ignorantes,
desasistidos, relegados, ignorados, había que defender, difundir y catequizar.
Como lo expresa el propio Uslar: "más allá de las realidades físicas, de
las armas, de los caballos, el arte de
la guerra y la viruela, estaba el choque de los espíritus.
Lo que se abre de inmediato es el conflicto religioso que todo lo va a dominar y
determinar. No la guerra de los hombres, que podía encontrar muchas formas de
acomodo, sino la guerra de los dioses que no admite tregua.
Comienza entonces un
largo proceso de transculturación religiosa; los españoles se encuentran
convencidos de que deben realizar una labor no sólo de conquista, sino también
de evangelización, debían catequizar a los infieles del Nuevo Mundo, imponerles
las creencias y enseñarles a adorar un mismo Dios, aquel, Cristo el Redentor,
que los conquistadores trajeron en sus navíos, pero sobre todo, en sus
corazones. La Iglesia se suma a este proceso; a los soldados españoles
les corresponde la conquista territorial, a los frailes la espiritual.
En efecto, como bien lo
subraya Uslar, refiriéndose a la conquista de México:
"apenas asegurada la dominación militar llega la otra expedición, la más
ambiciosa y temeraria, la de los doce frailes franciscanos que van acometer la
impensable tarea de hacer cristiano el imperio de Moctezuma. Los atónitos aztecas vieron
a Cortés, en medio de todo su aparato conquistador victorioso, ponerse de
rodillas para recibir a los doce pobrecitos de Cristo.
Mientras
los soldados conquistadores derribaban los templos paganos, y se procedía a
construir sobre sus bases y paredes las primeras Iglesias del Nuevo Mundo, los
frailes se dedicaban a efectuar la tarea evangelizadora. Pedro Borges realizó una
sistematización de los procedimientos misionales
utilizados en el Nuevo Mundo, distinguiendo: los métodos propedéuticos,
tendentes a preparar al futuro cristiano para la asimilación de los contenidos
doctrinales. Aquí, el misionero partía de un estudio de la cultura y
la psicología de los hombres a
evangelizar con el fin de seleccionar los métodos. Paralelamente se trataba de
conquistar su benevolencia.